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De la risa enlatada al sillón de casa: la magia imborrable de las sitcoms que educaron a generaciones

Hay un sonido que todos los que amamos la radio y la buena televisión llevamos grabado a fuego en la memoria: el eco sordo de una ovación en directo, el crujido de un sofá de skay y esa carcajada colectiva que nos anunciaba que, durante los siguientes treinta minutos, todo iba a salir bien. Hablar […]

De la risa enlatada al sillón de casa: la magia imborrable de las sitcoms que educaron a generaciones

Hay un sonido que todos los que amamos la radio y la buena televisión llevamos grabado a fuego en la memoria: el eco sordo de una ovación en directo, el crujido de un sofá de skay y esa carcajada colectiva que nos anunciaba que, durante los siguientes treinta minutos, todo iba a salir bien.

Hablar de la comedia de situación —la sitcom de toda la vida— es hablar de la banda sonora de nuestras vidas.

Es recordar tardes de frente al televisor y noches de fin de semana donde la familia entera se apretaba en el salón para ver qué lío se traían entre manos nuestros vecinos de la pantalla.

Si echamos la vista atrás, hasta finales de los años 70, la comedia televisiva tenía un aroma muy particular.

Era una época de atrevimientos domésticos y enredos de puertas que se abrían y cerraban con ritmo de vodevil. Seguro que os acordáis de Los Roper (George y Mildred en su Gran Bretaña natal), aquel matrimonio inolvidable surgido del éxito de Un hombre en casa que convirtió la apatía de George y la constante insatisfacción de la fabulosa Mildred en un arte del humor cotidiano.

De esa misma estirpe de comedia fresca nació al otro lado del charco Apartamento para tres (Three’s Company), donde el añorado John Ritter interpretaba a Jack Tripper, aquel estudiante de cocina que tuvo que fingir ser gay para que el casero le dejara compartir piso con dos chicas jóvenes.

En ese mismo contexto de finales de los 70 (1977) irrumpió la rompedora Enredos (Soap), una brillante parodia de las telenovelas cargada de giros surrealistas que hizo historia en la televisión gracias a la sátira social y a la inolvidable interpretación de un joven Billy Crystal.

Visto hoy, el planteamiento suena a arqueología de época, pero la vis cómica, los tropezones de Ritter y la chispa de sus diálogos asentaron las bases del enredo moderno.

Con la entrada en los 80, la comedia de situación decidió ampliar el foco.

De pronto, los salones de las casas se convirtieron en el espejo donde la sociedad quería mirarse.

Llegó La hora de Bill Cosby, que revolucionó la televisión al mostrar la cotidianidad de una familia afroamericana de clase media-alta con un tono amable y educativo que cautivó a medio planeta.

Entre 2013 y 2014, NBC estuvo planeando un nuevo proyecto de comedia familiar junto a Bill Cosby para traerlo de vuelta a la televisión.

Sin embargo, a finales de 2014, las múltiples acusaciones de agresión sexual contra el actor salieron a la luz de forma masiva, lo que provocó que NBC cancelara inmediatamente el desarrollo del proyecto.

En abril de 2018, Cosby fue juzgado y condenado, lo que sepultó por completo cualquier posibilidad de rescate de la serie.

De hecho, La hora de Bill Cosby fue una de las pocas comedias icónicas de los 80/90 que jamás tuvo un reboot o reunión (a diferencia de Madres forzosas, Roseanne o Will & Grace) y sus repeticiones en televisión fueron canceladas durante años

También a mediados de los 80 nos enamoramos del choque cultural de Primos lejanos (Perfect Strangers), donde la inocencia absoluta de Balki Bartokomous y las obsesiones de su primo Larry nos regalaron momentos de slapstick puro y duro.

Como dato curioso, Primos lejanos (Perfect Strangers) se estrenó originalmente en Estados Unidos en marzo de 1986 en la cadena ABC, y estuvo en antena durante 8 temporadas hasta 1993.

Cosas de casa (Family Matters) le pasa casi lo mismo, ya que se creó como un spin-off de Primos lejanos (el personaje de Harriette Winslow trabajaba originalmente como ascensorista en el mismo periódico que Larry y Balki) y se estrenó en septiembre de 1989, desarrollándose casi de forma íntegra a lo largo de los años 90.

Al haber compartido parrilla durante los primeros años 90 y haberse emitido juntas en multitud de cadenas, la memoria colectiva tiende a enmarcar ambas series en la misma época dorada noventera.

También ocurre los mismo con Padres Forzosos.

Se ambientaba en una icónica casa de estilo victoriano en San Francisco y narraba cómo el padre viudo, Danny Tanner (Bob Saget), llamaba a su cuñado el tío Jesse (John Stamos) y a su mejor amigo Joey (Dave Coulier) para que le ayudaran a criar a sus tres hijas: D.J., Stephanie y la pequeña Michelle (interpretada por las gemelas Mary-Kate y Ashley Olsen).  

La serie original se estrenó en septiembre de 1987 y triunfó a lo largo de finales de los 80 y principios de los 90 (hasta 1995).

Netflix lanzó una secuela/reboot bajo el título Madres forzosas (Fuller House), emitida entre 2016 y 2020 con las tres chicas originales ya adultas al frente de la casa.

A finales de esa década, Las chicas de oro (The Golden Girls) demostraron que la comedia inteligente, mordaz y profundamente humana no tenía edad: Blanche, Rose, Dorothy y la icónica Sophia Petrillo nos enseñaron sobre amistad, sexo y envejecer con dignidad a base de tarta de queso en la cocina y réplicas afiladas como navajas.

Poco después, Roseanne irrumpió para darle un bofetón de realidad a la televisión de clase trabajadora: familias desordenadas, facturas pendientes, sarcasmo a raudales y una honestidad brutal que demostraba que no todas las casas americanas eran mansiones de sueño.

Reparto de la aclamada comedia Will & Grace. Fuente: ScreenRant – Reparto de la aclamada comedia Will & Grace. Fuente: ScreenRant / Will & Grace Cast & Characters

Y entonces llegaron los años 90, la verdadera década donde estas series se convirtieron en fenómenos de masas y redefinieron la televisión juvenil.

De la propia cantera de Primos lejanos nació el celebérrimo spin-off Cosas de casa (Family Matters), una comedia centrada en la familia Winslow que saltó por los aires con la llegada del torpe, brillante e inolvidable Steve Urkel.

Su mítico «¿He sido yo?» y sus inventos disparatados convirtieron a la serie en un icono absoluto de los 90.

A la par, El príncipe de Bel-Air lanzó al estrellato mundial a Will Smith con su baile del tío Phil, los jerséis de Carlton y ese choque entre el barrio de Filadelfia y los lujos de una mansión californiana.

La adolescencia y la fantasía también encontraron su hueco de oro en esta época.

En Blossom, Mayim Bialik dio vida a una joven de personalidad arrolladora que navegaba la vida familiar con gorros extravagantes, un humor propio e inconfundible y los recordados «¡Whoa!» de su hermano Joey.

La magia literal llegó con Sabrina, cosas de brujas (Sabrina the Teenage Witch), la entrañable historia de esa chica que descubre sus poderes al cumplir dieciséis años, guiada por sus tías Hilda y Zelda y las mordaces ocurrencias de Salem, ese gato negro parlante obsesionado con dominar el mundo.

En esa misma recta final del siglo, las familias biológicas cedieron progresivamente el testigo a la familia elegida. Friends no solo definió a una generación con sus seis amigos alrededor de un sofá naranja en el Central Perk, sino que abrió la puerta a una forma más libre y cosmopolita de entender la comedia urbana.

Si, has oído bien. En España en la primera temporada se conoció como ‘Colegas’, para más tarde coger solo el nombre original en inglés, que es como la gran mayoría de esa generación conoce la serie: ‘Friends

En ese mismo contexto desembarcó Will & Grace, una joya televisiva que hizo historia al colocar por primera vez a un protagonista abiertamente gay en el centro de un horario de máxima audiencia.

La química entre Will y Grace, sumada al dinamismo desternillante de Karen Walker y Jack McFarland, convirtió a la serie en un fenómeno aplaudido por la crítica y colmado de premios Emmy.

Ya en el nuevo milenio, el género necesitaba una vuelta de tuerca, y llegó The Big Bang Theory.

Curiosamente, Mayim Bialik reaparecería años después para encarnar a Amy Farrah Fowler en esta producción donde la cultura geek, que durante décadas había estado relegada al rincón de los marginados, tomó el centro del escenario.

Sheldon, Leonard y compañía demostraron que la ciencia, los cómics y la dificultad para relacionarse socialmente podían ser el mayor fenómeno de audiencias del planeta.

Por cierto que de la serie Big Bang Theory, uno de sus personajes, Sheldon Cooper ha tenido una precuela que actualmente puedes ver en Movistar +: ‘El joven Sheldon’

Al mirar el panorama actual, resulta inevitable comparar.

La comedia de situación de antes dependía del ritmo teatral, de los actores haciendo magia frente a un público en vivo y de tramas sencillas pero magistralmente interpretadas.

Hoy en día, la comedia ha migrado al streaming, los episodios se devoran de golpe y la risa enlatada ha dado paso al cinismo, al falso documental (mockumentary) o al humor más melancólico.

Se ha ganado en realismo y factura técnica, pero a veces se echa de menos esa calidez artesanal de la televisión de antes.

Aquellas series no solo nos hacían reír; nos acompañaban.

Los personajes se convertían en amigos de la casa a los que visitábamos cada semana a la misma hora.

Por mucho que cambie la forma de consumir televisión, la esencia de la sitcom —esa magia de sentarte a escuchar una buena historia y soltar una carcajada compartida— sigue siendo el mejor refugio para el alma.

Sabemos que son muchas más y si quieres podemos seguir buceando en la memoria colectiva de una generación que se niega a pasar página.

¿Cuál fue la tuya?

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