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De la gabardina de Colombo al ADN de CSI: Las series de detectives y policías que no olvidamos

La televisión ha cambiado de piel decenas de veces, pero hay un ritual que permanece inalterable al paso de las décadas: sentarse frente a la pantalla a ver cómo un grupo de detectives intenta resolver un crimen. El género policial no es solo entretenimiento; es el reflejo sociológico de cada época. A lo largo de […]

De la gabardina de Colombo al ADN de CSI: Las series de detectives y policías que no olvidamos

La televisión ha cambiado de piel decenas de veces, pero hay un ritual que permanece inalterable al paso de las décadas: sentarse frente a la pantalla a ver cómo un grupo de detectives intenta resolver un crimen.

El género policial no es solo entretenimiento; es el reflejo sociológico de cada época.

A lo largo de los años, las placas metálicas, los interrogatorios y las persecuciones han dejado una huella imborrable en la cultura popular global y, de manera muy especial, en las sobremesas y noches de la televisión española.

Durante los años setenta, las reglas del juego eran distintas.

La televisión aún desprendía un aroma a cine clásico y las dinámicas en comisaría empezaron a abrirse a nuevos frentes.

En esa época irrumpió La mujer policía (Police Woman), un título pionero que colocó a la sargento Suzanne «Pepper» Anderson, encarnada por Angie Dickinson, en el centro de la acción. Era la primera vez que una mujer lideraba un drama policiaco en horario de máxima audiencia, abriéndose paso a base de infiltraciones y astucia en un mundo de hombres.

Casi en paralelo, la agencia privada de investigación dio el salto al fenómeno pop con Los Ángeles de Charlie. Sabotage, glamour y llamadas a través de un altavoz caracterizaban las misiones de Sabrina Duncan (Kate Jackson), Jill Munroe (Farrah Fawcett) y Kelly Garrett (Jaclyn Smith), tres detectives que trabajaban a las órdenes del misterioso magnate Charlie Townsend. Más tarde se unió como la hermana de Jill, Chris Monroe (Cheryl Ladd). En las siguientes temporadas, Kate Jackson abandona la serie y la sustituye Tiffany Welles (Shelley Hack)

Farrah Fawcett se mantuvo ligada al proyecto con colaboraciones estelares en varios capítulos. Además de las principales ángeles, también fue parte del elenco Julie Rogers (Tanya Roberts).

Tampoco podemos olvidar la revolución de la fórmula inversa con el Teniente Colombo (Columbo), donde Peter Falk, despeinado y con su gabardina raída, desarmaba a los criminales más elegantes revelando la pista definitiva tras su célebre «solo una cosa más».

Acompañando esa estela de parejas inolvidables, Las calles de San Francisco juntaba a la vieja escuela de Karl Malden (Mike Stone) con la energía de un joven Michael Douglas (Steve Keller).

Y, por supuesto, el asfalto quemado de la época pertenecía a David Starsky (Paul Michael Glaser) y Kenneth «Hutch» Hutchinson (David Soul) en Starsky y Hutch, a bordo de su icónico Ford Gran Torino rojo con la franja blanca.

A la par, el concepto de la táctica y la acción policial de élite nacía con la versión original de Los hombres de Harrelson (S.W.A.T.), encabezada por el coronel «Hondo» Harrelson (Steve Forrest), sentando las bases del espectáculo de intervención rápida.

Los años ochenta trajeron un volantazo estético y narrativo descomunal.

El género descubrió que el crimen también podía resolverse con elegancia, alta comedia y una irresistible tensión sentimental.

Ahí brilló con luz propia Remington Steele, la serie donde Laura Holt (Stephanie Zimbalist) inventó a un jefe ficticio para que la tomaran en serio en un mundo machista, solo para ver cómo un enigmático y elegante estafador (Pierce Brosnan) asumía la identidad de Steele.

Esa misma chispa humorística e irreverente alcanzó su cima en Luz de luna (Moonlighting), la icónica producción donde la agencia Blue Moon se convirtió en el escenario del duelo dialéctico entre David Addison (Bruce Willis) y Madelyn Hayes (Cybill Shepherd). Con sus miradas a cámara, discusiones enloquecidas y una tensión sexual no resuelta que paralizaba las audiencias, la serie demostró que las investigaciones privadas podían ser puro juego de seducción.

Mientras la comedia romántica transformaba las agencias privadas, las calles volvían a teñirse de realismo y estética estilizada.

Por un lado llegó la revolución visual de Corrupción en Miami (Miami Vice). Producida por Michael Mann, convirtió el patrullaje en un despliegue de moda, sintetizadores y neones. Don Johnson como Sonny Crockett —con sus chaquetas de lino sobre camisetas sin cuello y sin calcetines— y Philip Michael Thomas como Ricardo Tubbs redefinieron el estilo del thriller a golpe de Ferrari y lanchas motoras.

Y en la trinchera del realismo de comisaría nacía Canción triste de Hill Street. Creada por Steven Bochco, esta serie cambió para siempre el modo de contar ficciones en televisión. Con un reparto coral encabezado por el capitán Frank Furillo (Daniel J. Travanti), la producción retrataba el desgaste cotidiano, el caos y la moral gris de una comisaría urbana. Aquel rotundo «tengan cuidado ahí fuera» con el que cerraban la reunión matinal se convirtió en un mantra grabado a fuego en la memoria colectiva.

Al cruzar la frontera de los noventa, el género buscó nuevas esquinas hacia las que evolucionar, adentrándose en el suspense procedimental y en vertientes directamente sobrenaturales. Es imposible entender la televisión de esa década sin Expediente X. Aunque bordeaba la ciencia ficción, en esencia era un impecable procedimental donde los agentes del FBI Fox Mulder (David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson) investigaban los casos archivados e inexplicables. La tensión ideológica entre la fe ciega de él y el riguroso escepticismo de ella paralizó a medio planeta.

En paralelo, el género se volvía verdaderamente cotidiano y familiar con producciones como Rex un policía diferente, la mítica serie austríaca donde el detective Richard Moser (Tobias Moretti) compartía persecuciones y bocadillos de jamón con un pastor alemán que se ganó el cariño de millones de hogares.

Con la llegada del nuevo milenio, la ciencia y la psicología forense irrumpieron en la escena del crimen para arrebatarle el protagonismo a la mera intuición de calle. CSI: Las Vegas no solo fue un fenómeno de audiencia descomunal, sino un cambio de paradigma total.

Liderada en sus mejores años por el enigmático Gil Grissom (William Petersen), la serie convirtió los microscopios, las pruebas de ADN y la luz ultravioleta en un espectáculo audiovisual masivo. En esa misma línea de análisis profundo, pero centrada en la mente de los criminales más peligrosos, nació Mentes criminales.

A través de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI, personajes como Aaron Hotchner (Thomas Gibson) o Spencer Reid (Matthew Gray Gubler) cautivaron al público enseñando que para capturar a un asesino primero hay que entender cómo piensa.

Y mientras la televisión en abierto perfeccionaba estas fórmulas, la televisión de pago gestaba The Wire. Ideada por el expolicial David Simon, la serie radiografió sin filtros las tripas de Baltimore a través del enfrentamiento entre la unidad de escuchas del detective Jimmy McNulty (Dominic West) y las redes del narcotráfico.

En la actualidad, las series policiales conviven en un fascinante doble rasero: por un lado, la profundidad cinematográfica de autor y, por otro, la precisión técnica de la televisión en abierto.

El mayor exponente de la primera corriente es la célebre primera entrega de True Detective, donde la atmósfera asfixiante de Luisiana y la búsqueda obsesiva de Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Marty Hart (Woody Harrelson) demostraron la capacidad del género para filosofar sobre el ser humano.

En el lado opuesto del espectro, el ritmo frenético y la eficacia del procedimental clásico siguen dominando las pantallas gracias al verdadero imperio audiovisual levantado por el mítico productor Dick Wolf.

La leyenda comenzó con la incombustible Ley y orden y su célebre spin-off Ley y orden: Unidad de víctimas especiales, donde la capitana Olivia Benson (Mariska Hargitay) se convirtió en un icono absoluto de la televisión mundial tras más de dos décadas resolviendo casos complejos.

Este universo procedimental no ha dejado de expandirse con la visceral Chicago P.D., capitaneada por el inquebrantable Hank Voight (Jason Beghe), y con la moderna franquicia FBI, tanto en su versión matriz como en sus variantes internacionales y de búsqueda de fugitivos.

A esta ola de éxito actual se le suma la reinvención contemporánea de S.W.A.T.: Los hombres de Harrelson, liderada ahora por Shemar Moore como Daniel «Hondo» Harrelson, demostrando que las unidades especiales de intervención y el sello inconfundible de la investigación pura siguen más vivos y magnéticos que nunca.

A lo largo de las décadas, cambian las modas, los coches de patrulla y las herramientas de investigación, pero la esencia del género sigue intacta: esa eterna persecución entre la luz y la sombra que nos sigue atrapando episodio tras episodio.

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