Hubo un tiempo en el que la magia no dependía de la resolución de una pantalla, ni de efectos visuales generados por ordenador, ni de sofisticados algoritmos.
La fascinación de millones de personas dependía de algo tan artesanal como una cabeza de gomaespuma, un par de ojos de cristal, un trozo de fieltro y una voz quebrada al otro lado del micrófono.
España entera se paralizaba a la hora de la merienda —y a menudo también después del telediario nocturno— simplemente para ver a personajes que sabíamos de sobra que no estaban vivos, pero que, misteriosamente, lograban sentirse más reales que muchos presentadores de carne y hueso.
La costumbre de dar vida a lo inerte venía de muy lejos, pero a lo largo de las décadas de los setenta y ochenta la televisión convirtió a las marionetas en auténticas estrellas de la cultura popular.
No eran un simple recurso de fondo; eran el hilo conductor de la memoria sentimental de varias generaciones.
En la década de los setenta, mientras las familias aún se acostumbraban al color en el salón de casa, desembarcó un fenómeno que lo cambiaría todo: la adaptación española de Barrio Sésamo.
Por un lado estaban las marionetas de Jim Henson, con Epi y Blas a la cabeza enseñándonos la diferencia entre cerca y lejos, o el Monstruo de las Galletas impartiendo lecciones de ansiedad gastronómica.
Pero España no se conformó con importar personajes.
Empezaron a aparecer creaciones autóctonas como La Gripa y el Perezgil, tanteando un terreno que explotaría definitivamente poco después.
Paralelamente, la televisión no solo usaba muñecos para educar a los más pequeños; también servía de escaparate para el arte del espectáculo de variedades.
Es imposible repasar esta época sin detenerse en la ventriloquía, un arte que dominó las noches de sábado en los programas familiares.
Mari Carmen y sus muñecos consiguieron lo imposible: que una anciana de trapo llamada Doña Rogelia, con su pañuelo en la cabeza y su genio incorregible, tuviera más desparpajo y soltura para decir verdades en pleno horario de máxima audiencia que cualquier tertuliano.
Junto a ella, el divertido pato Nicol o el entrañable león Rodolfo completaban un elenco que hacía olvidar por completo que detrás solo había una artista con un talento descomunal.
Siguiendo esa estela, José Luis Moreno irrumpió con sus propios compañeros de trapo.
Monchito, el niño sabihondo; Macario, el gamberro del pueblo con boina y chaleco; y sobre todo el cuervo Rockefeller, un pájaro malhablado y protestón, se convirtieron en un clásico absoluto de las galas televisivas.
La gente no veía a un ventrílocuo moviendo las manos; veía una discusión real entre dos personajes con personalidad propia.
Con la llegada de los años ochenta, el fenómeno de los muñecos infantiles alcanzó su época dorada.
En 1983, un erizo gigante y rosa llamado Espinete se coló en todas las casas.
Aquel traje caluroso, habitado por Chelo Vivares, junto a la imponencia tranquila de Don Pimpón, convirtió la plaza del barrio en el centro del universo para toda una generación de niños.
Pero la oferta de aquellos años era inacabable.
En programas como Sabadabadá (luego Dabadabadá), la imaginación no tenía límites.
Allí triunfó la célebre marioneta creada por Alejandro Milán: Horacio Pinchadiscos, aquel entrañable y peludo disc-jockey con cascos y gafas que ponía los éxitos musicales del momento y conectaba con los gustos de los chavales mejor que nadie.
En ese mismo espacio compartía pantalla con el guiñol Paco Micro, antecedente directo de lo que más tarde sería el entrañable Pepe Soplillo junto a Verónica Mengod en El kiosco.
Mientras tanto, para los que buscaban algo más rompedor, La Bola de Cristal proponía una mirada irreverente con Los Electroduendes: la Bruja Avería, Maese Cámara o Lolo Rico demostraron que los muñecos de trapo también podían hacer crítica social, burlarse del sistema y dejar frases que han quedado marcadas a fuego en el lenguaje popular.
Al entrar en los noventa, la irrupción de las cadenas privadas multiplicó las pantallas, pero la fórmula seguía funcionando.
TVE respondió con Los Mundos de Yupi, tomando el testigo del traje a tamaño real con un extraterrestre azul que intentaba entender cómo funcionaba la Tierra junto a su inseparable Astrako, en Cataluña, TV3 marcaba una época histórica con el Club Super3, convirtiéndose en un modelo autonómico de éxito absoluto.
Pero si hubo un hito revolucionario en los noventa dirigido al público adulto, ese fue sin duda Las Noticias del Guiñol en Canal+.
Aquellos muñecos de látex hiperrealistas convirtieron la actualidad política y social en una obra maestra de la sátira diaria.
Ver a las réplicas de Felipe González, José María Aznar, Jordi Pujol o las estrellas del fútbol repasar la jornada demostró que los muñecos también podían firmar el periodismo de humor más inteligente de la televisión.
A esa corriente de humor ácido y surrealista se sumó el talento de Gomaespuma. Guillermo Fesser y Juan Luis Cano no solo trasladaron su genialidad radiofónica a la televisión, sino que le dieron cara y voz a inolvidables muñecos de esponja y trapo que daban un contrapunto gamberro, ácido y magistral tanto en programas de entretenimiento como en especiales navideños.
A las puertas del nuevo milenio, la tradición se renovó con Los Lunnis.
Lucho, Lupita y compañía, junto a la cantante Lucrecia, demostraron que una buena marioneta de gomaespuma podía seguir cosechando discos de oro, llenar estadios y convertirse en el referente indiscutible de los más pequeños, abriéndose paso en un mundo que ya empezaba a estar saturado de pantallas de ordenador.
Lo fascinante es que, cuando parecía que el avance del 3D y la tecnología digital iban a arrinconar para siempre el arte del títere de felpa, los años dos mil nos sorprendieron con un giro inesperado.
En 2006, la televisión de horario estelar para adultos rescató la esencia más pura de los guiñoles.
Nació El Hormiguero y, con él, Trancas y Barrancas.
Esas dos hormigas moradas que asoman debajo de una mesa de plató han logrado mantener vivo el espíritu de la marioneta tradicional en pleno siglo XXI, demostrando a diario que un chiste bien contado por un peluche sigue teniendo más gancho que la animación más cara del planeta.
Hoy las cosas han cambiado, qué duda cabe.
Los niños interactúan con tabletas y consumen contenidos a una velocidad vertiginosa, y en Lets Go Fm, nos gusta llevaros al pasado, porque quien sabe, igual, si cambiamos y bajamos una marcha en el consumo de contenido, igual, hasta aprendemos a valorar, que cualquier tiempo pasado, pudo haber sido mejor….¿o no?
Sin embargo, cuando echamos la vista atrás, nos damos cuenta de algo muy claro: ningún motor gráfico ni ningún renderizado hiperrealista ha conseguido generar el nivel de afecto que lograba aquel muñeco de látex que tropezaba en un plató de cartón piedra.
Porque aquellos personajes no triunfaron por su perfección visual, sino por su capacidad para recordarnos algo tan sencillo como la alegría de creer, aunque solo fuera por media hora, que lo imposible podía hablarte directamente a los ojos.



