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La fábrica de las lágrimas: de Doña Adelaida al furor turco, así conquistaron las telenovelas los salones de España

Hay melodías que trascienden las épocas y que, con solo tararear sus primeros acordes, nos devuelven de golpe a las tardes de café con galletas María, salones en penumbra y abuelas inamovibles frente al televisor de la época. La historia de las telenovelas en España no es meramente la de un género importado; es la […]

La fábrica de las lágrimas: de Doña Adelaida al furor turco, así conquistaron las telenovelas los salones de España

Hay melodías que trascienden las épocas y que, con solo tararear sus primeros acordes, nos devuelven de golpe a las tardes de café con galletas María, salones en penumbra y abuelas inamovibles frente al televisor de la época.

La historia de las telenovelas en España no es meramente la de un género importado; es la radiografía sentimental de varias generaciones y el espejo de cómo hemos evolucionado como sociedad catódica.

El pistoletazo de salida oficial lo dio aquella pionera llamada Los ricos también lloran, la primera gran telenovela que se emitió en España a finales de los setenta y que inoculó el virus del culebrón en nuestras retinas.

A aquel terremoto inicial le siguieron en los años ochenta otros títulos inolvidables que definieron la década, como la entrañable producción mexicana Agujetas de color de rosa, tramas que convirtieron la sobremesa en un territorio sagrado y prepararon el terreno para el cataclismo sociológico que estaba por llegar.

Si los ochenta fueron el despertar, la década de los noventa supuso la consagración absoluta del género, alcanzando proporciones bíblicas y convirtiendo el fenómeno en un auténtico ritual de masas.

Las cadenas públicas y las nacientes privadas descubrieron que los enredos imposibles, las villanas de carcajada metálica y los amores de clase obrera contra aristocracia decadente eran oro puro.

Es imposible entender esta etapa sin la figura de Doña Adelaida —la inolvidable Chari Gómez Miranda—, quien justo antes de cada capítulo de tótems absolutos como la venezolana Abigail, la mítica Cristal en Televisión Española.

Aquella Cristal paralizó el país a través de la historia de Cristina Expósito (interpretada por la fulgurante Jeannette Rodríguez) y su atormentado pretendiente Luis Alfredo Ascanio (al que daba vida el galán Carlos Mata), cuyas visitas a los magacines españoles desataban la locura colectiva.

Paralelamente, la competencia movía ficha: Telecinco apostaba fuerte por propuestas de corte juvenil como Primer amor o la irresistible Antonella (donde una inolvidable Andrea Del Boca se infiltraba en la alta sociedad tras el disfraz de payaso) se asomaba cada tarde, para sermonear a los personajes y desgranar las tramas con la cercanía de una vecina de escalera.

Y a finales de los noventa, la televisión de tarde comenzó a vibrar con la propia factoría de nuestra ficción nacional al estrenar tótems como El súper, el aclamado serial ambientado en un hipermercado emitido entre 1996 y 1999 que demostró que aquí también sabíamos fabricar pasiones cotidianas y tramas de poder.

No se trataba solo de ver televisión; se comentaba en los mercados y en las peluquerías con la misma solemnidad que un Consejo de Ministros.

Con el cambio de milenio, en los dosmiles, la fórmula latinoamericana experimentó una mutación brillante abrazando la ironía, el descaro y el folletín en estado puro.

Yo soy Betty, la fea redefinió las reglas globales demostrando que la inteligencia y la bondad sin artificios estéticos podían reventar audímetros, mientras que el drama rural encontró en las haciendas colombianas su cima indiscutible con Pasión de gavilanes en 2003, cuyos caballos al galope y sintonía pegadiza marcaron a toda una generación de adolescentes que corrían del instituto a casa.

Aquellos años dorados del cambio de siglo también trajeron la eclosión definitiva del fenómeno fan juvenil con la llegada de la exitosa serie argentina Rebelde Way —creada por Cris Morena—, que no solo paralizó las tardes con las cuitas de los alumnos del Elite Way School, sino que inundó las carpetas de los institutos españoles con los pósters de la banda Erreway.

Ante semejante filón, la televisión pública y las privadas entendieron que debían consolidar una industria propia capaz de alimentar la adicción diaria del espectador.

Fue el terreno abonado en el que TVE comenzó a desplegar esos mastodontes de la ficción que acumularon miles y miles de capítulos, marcando época con producciones de largo aliento como la inolvidable Amar en tiempos revueltos (que luego volaría a Antena 3 como Amar es para siempre) o el fenómeno rural de El secreto de Puente Viejo, demostrando que nuestros guionistas dominaban con maestría los resortes del serial kilométrico a base de infidelidades, secretos de falda y giros imposibles.

La década de 2010 trajo consigo una disrupción tecnológica que auguraba el fin del formato tradicional: la llegada del streaming, la fragmentación de audiencias y la inmediatez de la carta.

Sin embargo, el género supo resistir con una salud de hierro y experimentó una resurrección insospechada de la mano de un mercado completamente inesperado: Turquía.

La fiebre por las ficciones otomanas —encabezada por hitos de la talla de Fatmagül — no es más que la evolución natural de aquel apetito voraz que inauguramos décadas atrás con las lágrimas de los ricos.

Las telenovelas turcas reconectaron de inmediato con el espectador español porque devolvieron al prime time y a la sobremesa los valores del melodrama clásico: amores torrenciales, miradas sostenidas durante tres minutos de reloj, la lucha de clases y una factura técnica luminosa, moderna y de altísima calidad visual.

Hoy en día, la forma de consumir estas historias ha virado radicalmente.

Hemos abandonado el televisor de tubo familiar donde el patriarca dictaba el mando a distancia para abrazar un consumo atomizado, multidispositivo y maratoniano en plataformas digitales.

La cartelera diaria actual se sustenta sobre pilares de rotundo éxito transgeneracional como La Promesa, el aclamado melodrama de época de La 1 que ha reventado los esquemas de la sobremesa actual superando ampliamente los novecientos episodios y compitiendo de tú a tú con las incombustibles tramas otomanas que siguen liderando las tardes en los canales privados.

Una novela que va camino de los 1000 capítulos y cinco temporadas, que ha conseguido cautivar no solo al público español, sino al iberoamericano, italiano y también a los americanos.

Ha recibido el Emmy a mejor telenovela internacional en Estados Unidos.

Todo ello convive hoy con hashtags virales en redes sociales, foros de análisis en tiempo real y espectadores que ya no esperan al día siguiente, sino que devoran bloques enteros de capítulos en el móvil.

Lo fascinante es comprobar que, por mucho que avancen los algoritmos o cambie la nacionalidad del producto, el ser humano sigue necesitando exactamente lo mismo que hace cuarenta años: sentarse frente a una pantalla y permitir que le cuenten historias donde el amor pasional y la épica cotidiana intenten poner un poco de orden en el caos del mundo real.

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