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Del «No te lo pierdas» al algoritmo: Así ha cambiado la forma en que los peques se sientan (o con qué frecuencia lo hacen) frente a la tele

¿Te acuerdas de lo que era esperar toda la semana a que llegara esa hora concreta para ver tu serie o programa favorito? Si cerramos los ojos un segundo, es muy fácil viajar en el tiempo hasta aquella televisión de tubo en la que todo iba a un ritmo muy diferente. Los que hoy peinamos […]

Del «No te lo pierdas» al algoritmo: Así ha cambiado la forma en que los peques se sientan (o con qué frecuencia lo hacen) frente a la tele

¿Te acuerdas de lo que era esperar toda la semana a que llegara esa hora concreta para ver tu serie o programa favorito?

Si cerramos los ojos un segundo, es muy fácil viajar en el tiempo hasta aquella televisión de tubo en la que todo iba a un ritmo muy diferente.

Los que hoy peinamos canas —o nos acercamos peligrosamente a ello— crecimos con rituales hertzianos que hoy suenan a arqueología pura.

Hacer un repaso por cómo ha mutado el universo infantil en la pequeña pantalla es, en el fondo, repasar nuestra propia educación sentimental.

Aquellos maravillosos años: De la nave de Mazinger Z al patio de Barrio Sésamo

Hubo una época en la que la oferta se resumía en lo que quisieran poner en la única o las dos cadenas de toda la vida. ¿Quién no se acuerda de la tensión de ver a Mazinger Z desatar los puños fuera de control, o de cantar a pleno pulmón sintonías inolvidables mientras merendábamos pan con chocolate?

Los dibujos y los espacios de sobremesa tenían una cadencia pausada.

Verano Azul nos convertía a todos en vecinos imaginarios de Nerja cada vez que llegaban las vacaciones, y las tardes se llenaban con la elegancia galáctica de Comando G.

Por cierto, que esta última la podemos ver en el canal de pago VinTv de lunes a viernes a las 08:30 de la mañana, lujazo.

También pasaron por nuestra memoria, Heidi;Candy Candy; Ana de las tejas verdes; El bosque de Tallac;y series como Pipi Calzaslargas u Orzowei, conseguían que por un momento los mayores respirasen, y nosotros tuviesemos nuestro momento con aquel bocata con chocolate y una pieza de fruta.

Poco después, la tele pública entendió que los niños necesitábamos un espacio propio y didáctico. Así aparecieron hitos colosales como Barrio Sésamo —con Espinete y Don Pimpón, Epi y Blas, enseñándonos lecciones vitales que ningún libro de texto alcanzaba— o la fascinante y colorida La cometa blanca.

Eran programas corales, de cocinado lento, donde la imaginación volaba sin necesidad de efectos digitales estridentes.

La explosión noventera: El desparrame, los contenedores y el refugio de la pública

Los años noventa rompieron los esquemas por completo.

Con la llegada de las cadenas privadas, la programación infantil se transformó en un formato mastodóntico conocido como «contenedor».

Las mañanas y las tardes de los fines de semana pasaron a ser auténticos parques de atracciones televisivos.

¿Cómo olvidar el fenómeno de Leticia Sabater al frente de formatos míticos como Desayuna con alegría o Con mucha marcha?

Con su energía inagotable, sus coreografías imposibles, los concursos telefónicos y los bloques de dibujos animados, consiguió convertirse en la indiscutible reina de las mañanas de los peques.

Aquella tele era descarada, colorida, un poco caótica y se vivía en comunidad: al día siguiente en el patio del colegio se comentaba lo que había pasado en el programa del día anterior.

Pero claro, la cadena pública no se iba a quedar de brazos cruzados ante el empuje de la competencia privada. En su afán por mantener un catálogo blanco, familiar y de calidad para los peques, TVE y otras cadenas apostaron por rescatar valores seguros de nuestra infancia, adaptándolos a los nuevos tiempos.

Es el caso entrañable de Miliki y su hija Rita Irasema, quienes se metieron en nuestros hogares con programas de tarde como La Merienda (en Antena 3) o Superguay (en Telecinco), o de la mano de la propia pública.

Ver al mítico payaso al piano junto a su hija cantando aquello de «congelao» o repartiendo sonrisas era una auténtica brizna de ternura clásica en medio de la vorágine noventera.

Era el puente perfecto entre el circo de toda la vida y la televisión moderna.  

Y de repente… el mando dejó de tener sentido: ¿Cómo ven la tele los niños hoy?

Si saltamos al presente, el cambio es tan abismal que parece ciencia ficción. Pregúntale a un niño de hoy en día qué es «hacer zapping» o qué canal emite a las cinco de la tarde. Probablemente te mire con cara de póker.

Hoy en día, el concepto de «horario infantil» ha volado por los aires.

Los peques del siglo XXI ya no esperan a una hora fija para ver sus contenidos.

Viven en la tiranía (y la bendición) de la carta de ajuste permanente: plataformas de streaming bajo demanda, perfiles hiperpersonalizados en YouTube y contenidos infinitos que se consumen a golpe de clic en tabletas, televisiones inteligentes o teléfonos móviles.

Ya no hay una experiencia colectiva generacional donde todo el país viera el mismo capítulo al unísono; cada niño habita en su propia burbuja de algoritmos, eligiendo qué ver, cómo verlo y a qué velocidad exacta (¡muchos ya reproducen los vídeos acelerados!).

Hemos pasado de la paciencia de esperar una semana entera para ver veintidós minutos de dibujos animados a la digestión instantánea del entretenimiento digital.

Eso sí, por mucho que cambie la tecnología y las pantallas se vuelvan planas y táctiles, la magia de quedarse embobado mirando una historia sigue siendo exactamente la misma.

En Lets Go Fm nos encanta mirar atrás con nostalgia, sin perder de pista el ritmo vertiginoso del presente.

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