Hay una regla no escrita en la industria del entretenimiento: si algo funcionó una vez, tarde o temprano alguien va a intentar venderlo por segunda vez.
Llevamos décadas viéndolo y, sinceramente, todo apunta a que no va a parar.
Empecemos por el caso de manual: Los Ángeles de Charlie.
La serie de los setenta, con Farrah Fawcett convertida en icono sexual casi de la noche a la mañana, ya era pura fantasía de acción con jefe invisible incluido.
Pero lo interesante es lo tozuda que ha sido esta franquicia: primero llegaron las películas de Cameron Diaz, Drew Barrymore y Lucy Liu en 2000, con un estreno arrollador de más de cuarenta millones de dólares el primer fin de semana.
Luego, en 2011, ABC probó suerte con una serie que trasladaba a las detectives a Miami.
Y en 2019, Elizabeth Banks se puso detrás y delante de la cámara para otro reboot que, esta vez sí, se pegó un buen batacazo en taquilla.
Ahora mismo hay rumores de que Sony prepara otra vuelta de tuerca.
Cuatro intentos en veinticinco años por la misma idea: tres mujeres, un jefe que solo habla por teléfono.
Cuando algo tiene ese tirón, nadie en un despacho de Hollywood se atreve a dejarlo descansar del todo.
Otro caso noventero que se resiste a envejecer es Sensación de Vivir. Beverly Hills, 90210 arrasó entre 1990 y 2000 con Shannen Doherty, Luke Perry y compañía convertidos en ídolos adolescentes de medio mundo (en España, con pegatinas de la Teleindiscreta incluidas).
En 2008, The CW quiso repetir la jugada con «90210» —aquí titulada «Sensación de Vivir: La Nueva Generación«—, centrada en una nueva familia que se muda al mismo código postal, con cameos de varios rostros originales como Jennie Garth o Tori Spelling en sus primeras temporadas.
Aguantó cinco temporadas, aunque nunca llegó ni de lejos al fenómeno del original.
Y por si fuera poco, en 2019 hubo una vuelta más: un revival con el reparto original casi al completo, en formato limitado.
Tres versiones de la misma idea en treinta años: pocas sagas han exprimido tanto un código postal.
En esa misma línea de reinventar clásicos noventeros hay otro ejemplo interesante, aunque con una jugada más arriesgada: Bel-Air.
Peacock cogió la comedia con la que Will Smith se hizo famoso —el chaval de Filadelfia que aterriza en la mansión de sus tíos ricos— y decidió que la mejor forma de homenajearla no era repetir chistes, sino convertirla en drama. Misma premisa, tono completamente distinto.
Es de los pocos reboots que se atrevió a decir: vamos a respetar la memoria de la serie sin clonarla.
Algo parecido, aunque con menos fortuna crítica, intentó The CW con Dinastía.
La serie ochentera sobre los Carrington y los Colby peleándose por el imperio petrolero era el culebrón de lujo por antonomasia de su época.
El remake de 2017 mantuvo las traiciones familiares y el glamour, pero con un reparto más joven y diverso, intentando engañar un poco al calendario.
Y hablando de culebrones familiares, el más elegante de todos los remakes es el de Dallas.
TNT lo trajo de vuelta en 2012, pero en vez de reescribirlo desde cero, hizo algo más inteligente: lo planteó como una continuación disfrazada de revival.
La serie original (1978-1991) fue uno de los grandes fenómenos de audiencia de la historia de la televisión —el «¿Quién disparó a J.R.?» tuvo a 350 millones de espectadores en vilo en todo el mundo—, y el remake trajo de vuelta a Larry Hagman, Patrick Duffy y Linda Gray en sus papeles originales de J.R., Bobby y Sue Ellen, mientras ponía el peso de la trama en sus hijos, enfrentados entre sí como antes lo estuvieron sus padres.
La serie se rodó por fin en Dallas de verdad, algo que ni siquiera hizo la original.
Tuvo un giro trágico real: Larry Hagman murió de leucemia a mitad del rodaje de la segunda temporada, y su muerte se incorporó al guion.
Aguantó tres temporadas antes de que TNT la cancelara.
En España tenemos nuestros propios casos, y no todos con final feliz.
El que más me sorprendió cuando me puse a rascar fue el de Verano Azul.
Aquí conviene ser justos con la historia: en 2008 TVE anunció con bastante pompa una nueva versión, con Antonio Mercero de asesor y hasta con Juanjo Artero —uno de los chavales originales, ya adulto— volviendo al pueblo de sus vacaciones.
Sonaba bonito sobre el papel, pero el proyecto se quedó en el cajón. Nunca se rodó.
Lo más parecido a un regreso que ha tenido la serie han sido las reposiciones remasterizadas, que siguen funcionando en audiencia casi cuarenta y cinco años después, lo cual dice mucho de lo bien que envejeció (para lo poco que suele envejecer bien la tele española de los ochenta).
Donde sí se hizo el reboot de verdad fue con Física o Química.
Atresplayer trajo de vuelta el instituto Zurbarán en 2023 con «La Nueva Generación«, tras un incendio ficticio que obliga a reabrir el centro y mezclar alumnado de distintos colegios.
Apenas hay continuidad de reparto con la serie original, y eso es una decisión consciente: la cadena prefirió empezar de cero con caras nuevas antes que forzar un regreso que sonara a nostalgia barata.
Es parte de una estrategia más amplia de Atresmedia, que ya había hecho lo mismo con «Un paso adelante» y «Los hombres de Paco«.
Y para cerrar el círculo, un caso que demuestra que a veces el reboot no necesita reinventar nada: Will & Grace. Volvió en 2017 con el reparto original completo, sin trucos, apoyándose en que el mundo había cambiado lo suficiente como para que sus tramas sobre la comunidad LGTBI+ volvieran a tener algo que decir.
¿La conclusión? Ninguna, la verdad —porque esto no va a parar.
Mientras haya una generación con nostalgia y otra sin referentes propios que descubrir, alguien va a seguir desempolvando guiones viejos. Lo único que cambia es si se atreven a tocar la fórmula o si simplemente la calcan.



