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De Kojac a La casa de papel. 70 años de policías en la tele y el género que no pasa de moda

Lo de sentarse frente al televisor a esperar que un detective resuelva es algo que llevamos haciendo décadas. Desde que la caja tonta empezó a emitir en color, el género policíaco ha sido uno de los pocos que nunca ha pasado de moda, que se ha reinventado generación tras generación sin perder ese gancho primario: […]

De Kojac a La casa de papel. 70 años de policías en la tele y el género que no pasa de moda

Lo de sentarse frente al televisor a esperar que un detective resuelva es algo que llevamos haciendo décadas. Desde que la caja tonta empezó a emitir en color, el género policíaco ha sido uno de los pocos que nunca ha pasado de moda, que se ha reinventado generación tras generación sin perder ese gancho primario: el misterio, la persecución, la justicia que llega tarde pero llega.

Repasar sus hitos es, en el fondo, repasar medio siglo de televisión.

En los años setenta, Estados Unidos exportó al mundo entero un arquetipo que todavía perdura: el policía duro, de gabardina, que resuelve casos a pie de calle.

Gracias a la tele descubrimos a Kojak, con Telly Savalas chupando una piruleta mientras interrogaba a un sospechoso en el Nueva York más sucio y real que se había visto hasta entonces.

Y ahí está también Starsky y Hutch, con su Ford Torino rojo y blanco surcando las calles de California, protagonizada por Paul Michael Glaser y David Soul, que convirtió la amistad entre dos policías en algo tan importante como los propios casos.

En España, aquella década todavía miraba con cierta timidez hacia el género, pero el público ya devoraba estas series americanas dobladas, que llegaban como una ventana a un mundo completamente distinto.

La década de los ochenta trajo consigo un cambio de estética radical, y ningún título lo representa mejor que Miami Vice.

Michael Mann convirtió una serie policíaca en un videoclip de neón, trajes de lino y sintetizadores, con Don Johnson y Philip Michael Thomas como Crockett y Tubbs, dos agentes infiltrados que perseguían narcotraficantes entre yates y palmeras.

Fue tan influyente que cambió hasta la forma de vestir de media América.

Pero si hablamos de series que calaron hondo en la audiencia española, es obligado mencionar El Coche Fantástico, que aunque tenía un componente de ciencia ficción, funcionaba en el fondo como una serie de investigación criminal, con Michael Knight y su coche parlante Kitt resolviendo entuertos semana tras semana.

Y no podemos olvidar a Colombo, con Peter Falk encarnando a ese teniente desaliñado, de gabardina arrugada y ojo de cristal, que desmontaba las coartadas de los criminales más sofisticados con una frase que se hizo legendaria: «una cosa más».

Los noventa fueron, quizás, la edad de oro de un subgénero muy concreto: el policíaco forense y el thriller psicológico. Expediente X mezclaba lo paranormal con la investigación criminal, con Gillian Anderson y David Duchovny como Scully y Mulder, dos agentes del FBI que se convirtieron en referencia cultural para toda una generación.

Por otro lado, NYPD Blue mostraba el día a día de una comisaría de Nueva York con un realismo crudo que hasta entonces no se había visto en televisión abierta.

Y en España, esta fue la década en la que el género policíaco propio empezó a despegar de verdad, con producciones que demostraban que aquí también se sabía contar un buen caso criminal, aunque todavía sin el músculo de las grandes producciones americanas.

Con la llegada de los dos mil, el género dio un salto de calidad que muchos consideran su verdadera madurez televisiva. La franquicia de CSI revolucionó la manera de contar un crimen, centrando la trama en la ciencia forense y convirtiendo a actores como William Petersen en auténticos ídolos de masas; su éxito fue tan arrollador que generó spin-offs en Miami y Nueva York, y provocó una oleada mundial de series similares.

En paralelo, Los Soprano, aunque desde el punto de vista del crimen organizado más que de la policía en sí, redefinió lo que la televisión podía llegar a contar, con James Gandolfini interpretando a un jefe mafioso atormentado por su psicoanalista.

Y ya en España, esta fue la década en la que el género policíaco patrio empezó a brillar con luz propia, con series como El Comisario, que durante años mantuvo enganchada a buena parte de la audiencia nacional con sus tramas de comisaría y sus personajes entrañables.

En los últimos años, el policíaco se ha fragmentado en mil direcciones distintas, pero sigue siendo uno de los géneros más vistos del planeta.

Por ejemplo todo lo que ha construido Dick Wolf, el productor que prácticamente inventó su propia franquicia dentro del policíaco americano.

Ley y Orden es probablemente el ejemplo más longevo y reconocible de fórmula perfeccionada: cada capítulo se dividía en dos mitades, la investigación policial primero, con Jerry Orbach dando vida a un detective de Nueva York con muchísimo carisma, y el juicio después, en los tribunales, donde los fiscales se encargaban de cerrar el caso. Esa estructura, tan sencilla como efectiva, se mantuvo durante décadas y generó spin-offs como Ley y Orden: UVE, centrada en delitos sexuales, con Mariska Hargitay como la detective Olivia Benson, un personaje que ha acabado siendo casi un icono cultural por derecho propio.

Y ya en tiempos más recientes, el mismo Dick Wolf repitió la jugada con la franquicia FBI, que sigue el mismo esquema de universo expandido: una serie madre, FBI, centrada en la oficina de Nueva York, y varias derivadas como FBI: Most Wanted o FBI: International, todas ellas mostrando distintas divisiones de la agencia enfrentándose a terrorismo, crimen organizado y casos de alcance internacional.

Navy: Investigación Criminal, más conocida como NCIS, nació casi como un spin-off dentro de otra serie, JAG, pero acabó convirtiéndose en un fenómeno propio que ha durado más de veinte temporadas, algo que pocas ficciones pueden presumir.

Su gancho estaba en combinar el procedimiento criminal clásico con un grupo de personajes que funcionaban casi como una familia disfuncional: Mark Harmon dando vida al agente Gibbs, un líder de pocas palabras y reglas propias grabadas casi a fuego, acompañado de un equipo tan variopinto como querido por el público, desde el especialista informático hasta la forense de carácter imposible que trabajaba siempre rodeada de cadáveres y música gótica.

El éxito fue tan grande que, como suele pasar en la televisión americana, no tardó en generar su propio universo expandido.

NCIS: Los Ángeles llevó la acción al mundo del espionaje y las operaciones encubiertas, con Chris O’Donnell y LL Cool J al frente de un equipo mucho más orientado a la infiltración que al trabajo de laboratorio. Después llegó NCIS: Nueva Orleans, ambientada en el sur de Estados Unidos y con Scott Bakula como protagonista, aportando ese aire más pausado y con sabor sureño que contrastaba con el ritmo de las otras entregas. Y más recientemente, la franquicia ha seguido expandiéndose con spin-offs como NCIS: Hawaii, demostrando que, casi dos décadas después de su estreno original, el público sigue enganchado a ver cómo estos investigadores navales destapan conspiraciones, asesinatos y tramas de espionaje allá donde la Marina estadounidense tenga intereses.

Y ultimamente se esta anunciando NCIS: Sidney, cruzando así los oceanos y llegar con su franquicia a la misma Australia.

Es una fórmula que ha demostrado que el público sigue teniendo un apetito enorme por ver a agentes federales resolviendo casos complejos semana tras semana, con esa mezcla de acción, procedimiento técnico y drama personal que ha hecho que estas series se mantengan en las parrillas de máxima audiencia durante años.

Y España, por fin, ha conseguido colocar producciones propias en el mapa mundial: Vis a Vis y La Casa de Papel, aunque más centradas en el mundo carcelario y el atraco que en la investigación policial pura, demostraron que la ficción española podía competir de tú a tú con cualquier producción internacional, y series como La Unidad han seguido explorando el trabajo policial desde una óptica mucho más realista y contemporánea.

Lo curioso, cuando uno mira hacia atrás todo este recorrido, es comprobar que el género apenas ha cambiado en su esencia.

Cambian los trajes, cambian las cámaras, cambia la forma de resolver un crimen, pero la fórmula sigue siendo la misma que enganchó a nuestros padres y abuelos: alguien comete un delito, alguien más inteligente que él tiene que descubrirlo, y nosotros, desde el sofá, disfrutamos intentando adelantarnos al desenlace.

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